Mañana, 30 de abril, la familia de la Asunción recuerda con gratitud una fecha profundamente significativa: el nacimiento de la primera comunidad de las Religiosas de la Asunción.
Aquel día de 1839, en un pequeño y sencillo piso del número 15 de la rue Férou, en París, junto a la iglesia de Saint-Sulpice, una joven de apenas veintiún años, Ana Eugenia Milleret —hoy Santa María Eugenia de Jesús— comenzaba, junto a su primera compañera Anastasie Bévier, una aventura espiritual y educativa que parecía entonces casi imperceptible.
No hubo grandes medios, ni solemnidades, ni seguridades humanas. Solo una vivienda modesta, una vida compartida de oración, estudio, fraternidad y una inmensa confianza en que Dios podía hacer fecunda aquella pequeña semilla.
En la pobreza y sencillez de aquel comienzo nacía la Congregación de las Religiosas de la Asunción, sostenida por un deseo ardiente: hacer que el Reino de Jesucristo creciera en las personas y en la sociedad a través de la educación, la fe y la formación integral.
Lo que empezó humildemente, casi en silencio, entre las paredes estrechas de un pequeño apartamento parisino, fue creciendo con fuerza y esperanza hasta convertirse en una gran comunidad extendida hoy por numerosos países del mundo, llevando el carisma de la Asunción a escuelas, comunidades, proyectos sociales y misiones educativas.
Como Colegio de la Asunción, esta fecha nos invita a mirar nuestras raíces con gratitud. Nos recuerda que las obras grandes nacen muchas veces de gestos pequeños, de la fidelidad cotidiana y de corazones disponibles.
Hoy, casi dos siglos después, seguimos siendo herederos de aquella humilde semilla sembrada el 30 de abril de 1839; una semilla de fe, de audacia y de confianza que continúa dando fruto entre nosotros.
Recuérdeme
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